El micro de larga distancia frenó de golpe frente al imponente hotel de Bariloche, despidiendo una nube gris de humo y el clásico olor a gasoil recalentado. Adentro, el ambiente era una caldera de gritos, parlantes portátiles a todo volumen y botellas de fernet pasando de mano en mano. Cuatro semanas por delante. Veintiocho días de libertad absoluta lejos de los padres, los profesores y la rutina de sexto año.
Para Lucila, el viaje empezaba con la adrenalina a flor de piel. Bajó del micro de un salto, acomodándose la campera oversize y sacudiéndose el pelo con desgano. Al lado suyo, Delfina ajustaba la tira de su mochila con cara de pocos amigos —todavía masticando la bronca de que el asiento de al lado le tocó con un pesado—, mientras Padme miraba hipnotizada el paisaje de las montañas nevadas con los auriculares puestos, tarareando despacito un tema de Laufey.
A unos metros, Juan —su novio, compañero del mismo cursobajaba a los empujones con los pibes, cargando una valija pesada y gritándole algo a Mateo. Juan se acercó rápido a Lucila para darle un beso rápido en la mejilla, medio distraído con el viaje.
—¿Viste lo que es esto, amor? Mal viaje nos espera — le tiró Juan medio al pasar antes de irse a juntar con Mateo, Valentino y los demás. Lucila le sonrió medio a las apuradas, acomodándose el cuello de la campera.
—Che, ¿alguno vio dónde quedaron las valijas? Porque si me pierden el buzo nuevo, prendo fuego el hotel — tiró Lucila, abriendo los ojos con dramatismo y cruzándose de brazos.
—Tranquila, loquita, que las valijas están bien cuidadas y nadie va a prender fuego nada. No rompas el piso antes de entrar siquiera — respondió una voz masculina, ronca y con un toque de burla inconfundible desde atrás.
Lucila se dio vuelta en seco. Ahí estaba él.
Franco.
El coordinador del viaje. Y, para colmo de males, Franco era el mellizo de Felipe, un compañero de su mismo curso, lo que lo hacía una cara conocida de antemano. Franco era alto, de piel morocha, una so